¿Qué es la volatilidad y cómo afecta a las inversiones?

CONCEPTO

Las fuertes oscilaciones en el valor de una cartera suelen ser una de las principales preocupaciones de los inversores. Detrás de esas fluctuaciones se encuentra un concepto fundamental en finanzas: la volatilidad.

La volatilidad mide la variación de los rendimientos de los activos durante un periodo de tiempo determinado. Cuántas más variaciones sufra, mayor será la volatilidad y, por lo tanto, el rendimiento del activo será menos estable. Por ejemplo, si un activo en tres días diferentes tiene unos retornos del 1%; 0,5% y 1,5% y otro rinde 1%; 1,1% y 0,9%, en ambos casos la rentabilidad media es 1%, pero se puede observar que uno de ellos fluctúa más que el otro, es decir, es más volátil.

Por otro lado, la volatilidad es un concepto que no solamente aplica al ámbito financiero, otros temas cotidianos como la temperatura, por ejemplo, se ven afectados por ella. Dos ciudades con la misma temperatura media pueden tener una variación de temperaturas muy diferentes. Poniendo un ejemplo sencillo como en el caso anterior, una ciudad con 20º de media puede ser el resultado de un día de 19º y otro de 21º o de un día de 30º y otro de 10º. Esto indica que, a pesar de tener la misma temperatura media, una de ellas tiene desviaciones mayores y será más difícil tratar de predecir lo que hará al día siguiente.

 

FORMAS DE MEDIR LA VOLATILIDAD

En este artículo nos vamos a centrar en el concepto de volatilidad aplicado a las finanzas. Para ello, a continuación, se presentan los métodos más utilizados en la cuantificación de la misma:

1) DESVIACIÓN TÍPICA

Una de las formas más comunes de medir la volatilidad de una cartera o de un activo es mediante la desviación típica. Esta métrica mide la dispersión de los rendimientos de los activos respecto a su media. Cuanto mayor es la desviación típica, mayor es la volatilidad, por lo que los rendimientos del activo son más inestables y pueden conllevar un mayor riesgo a la hora de invertir.

A lo largo de la historia la volatilidad se ha utilizado en numerosas ocasiones para medir el riesgo de una inversión. Sin ir más lejos, Harry Markowitz en su artículo Portfolio Selection (1952) utilizó la varianza (o, de forma equivalente, la desviación típica) como medida del riesgo de la inversión. Más adelante, como nos comentaba nuestra compañera Elena Gastaca en su artículo “Relación rentabilidad-riesgo: CAPM y otros modelos académicos”, William Sharpe siguió utilizando la varianza como medida de riesgo en el modelo del CAPM, modelo que sirvió para desarrollar herramientas que a día de hoy utilizan los gestores a la hora de tomar decisiones, como son la frontera eficiente o el ratio de Sharpe.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que utilizar la desviación para medir el riesgo de una cartera tiene sus limitaciones. En primer lugar, se trata de una medida sensible a los eventos extremos. Además, aunque la desviación típica pueda calcularse para cualquier distribución de rendimientos, su interpretación es más limitada cuando estos presentan distribuciones asimétricas o colas gruesas, fenómenos frecuentes en los mercados financieros. En estas situaciones, la media deja de ser un buen indicador del comportamiento de los rendimientos y, en consecuencia, la desviación típica puede no reflejar adecuadamente el riesgo real de la inversión.

2) VaR

Otra de las maneras más utilizadas a la hora de medir la volatilidad de una cartera es el Value at Risk (VaR, en adelante). A diferencia de la desviación, que mide la dispersión de los rendimientos, el VaR sirve para medir la pérdida máxima de una cartera en un determinado periodo de tiempo asumiendo un nivel de confianza. Por ejemplo, un VaR diario del 1% a un nivel de confianza del 99% indica que en el 99% de las ocasiones la pérdida de la cartera va a ser inferior al 1%.

En general, existen diferentes metodologías para el cómputo del VaR:

  • En primer lugar, el VaR histórico estima la pérdida máxima esperada utilizando las rentabilidades que la cartera ha obtenido en el pasado, sin realizar hipótesis sobre su distribución. Por ejemplo, si se dispone de 100 observaciones históricas y se calcula un VaR al 95% de confianza, el VaR será la quinta peor rentabilidad (percentil 5), ya que representa el nivel de pérdida que solo se habría superado en el 5% de las ocasiones.
  • Por otro lado, y siendo uno de los métodos más utilizados debido a su sencillez de cálculo, se encuentra el VaR paramétrico. Se basa en la hipótesis de que las rentabilidades siguen una distribución normal y se calcula mediante la siguiente expresión:

                             VaR = Rentabilidad esperada – Z* Desviación típica

donde Z es el factor estadístico asociado al nivel de confianza elegido (por ejemplo, 1,645 para un 95% o 2,326 para un 99%)

Este método se basa en el concepto que hemos explicado anteriormente, la desviación típica. Cuanto mayor sea la volatilidad mayor será el VaR y mayor será la pérdida máxima esperada de una cartera.

  • Por último, merece la pena hacer alusión al VaR por simulación de Monte Carlo. Se trata de una metodología más avanzada que genera un gran número de escenarios hipotéticos mediante simulaciones aleatorias. A partir de la distribución de pérdidas y ganancias obtenida en esas simulaciones, se calcula el percentil correspondiente al nivel de confianza establecido, obteniendo así el VaR.

Al igual que se ha comentado en el apartado anterior, antes de utilizar el VaR como métrica de riesgo, es importante conocer sus limitaciones. Aunque cada una de las metodologías de cálculo presenta sus propias particularidades, todas comparten una limitación fundamental: el VaR únicamente informa del nivel de pérdida que no se espera superar con un determinado nivel de confianza, pero no proporciona información sobre la magnitud de las pérdidas una vez superado dicho umbral.

Por ejemplo, si se dispone de 100 observaciones históricas y el VaR al 95% corresponde a una pérdida del 2%, esto significa que, en función del histórico disponible, en el 95% de los casos la pérdida no habría superado ese 2%. Sin embargo, el VaR no indica qué ocurre en el 5% restante de los escenarios. Es posible que esas cinco peores observaciones presenten pérdidas del 3%, del 5% o incluso superiores al 10%, sin que el VaR refleje dicha diferencia.

Para tratar de estimar el riesgo teniendo en cuenta el área rellenada en rojo que el VaR omite, se han desarrollado otros métodos como el Expected Shortfall (también llamado Conditional VaR) que mide el promedio de las pérdidas que superan el umbral del VaR.

 

¿Volatilidad = Riesgo?

Como se ha visto en los apartados anteriores, en numerosos modelos y métricas financieras la volatilidad se utiliza como una aproximación al riesgo de los activos o de las carteras de inversión. Sin embargo, aunque ambos conceptos están estrechamente relacionados, se podría decir que no son equivalentes.

Para comprender esta diferencia conviene atender a la definición de cada uno de los conceptos. La volatilidad mide la variabilidad o fluctuación del precio o de la rentabilidad de un activo a lo largo del tiempo. El riesgo, en cambio, es un concepto más amplio y puede entenderse como la posibilidad de que una inversión no alcance los objetivos esperados o de que el inversor sufra una pérdida.

Por tanto, la volatilidad constituye una medida del riesgo de mercado, ya que cuantifica la incertidumbre asociada a las variaciones en el precio de los activos. Sin embargo, no incorpora otros riesgos relevantes presentes en una inversión, como el riesgo de crédito, el riesgo de impago (default), el riesgo de liquidez, el riesgo operacional o el riesgo legal, entre otros.

Como consecuencia, un activo puede presentar una volatilidad superior a otro y, sin embargo, ser menos arriesgado desde una perspectiva global.

En definitiva, la volatilidad es una herramienta muy útil para medir el riesgo de mercado, pero no debe interpretarse como una medida del riesgo total de una inversión.

 

PERO… ¿Cómo afecta a las inversiones?

En conclusión, para entender cómo afecta la volatilidad a las inversiones conviene distinguir dos dimensiones: su efecto sobre la valoración de los propios activos y su influencia en el comportamiento de los inversores.

Desde el punto de vista de los activos, una mayor volatilidad implica que los rendimientos puedan sufrir fluctuaciones más intensas, tanto positivas como negativas y, por ello, el rango de resultados posible sea más amplio y la incertidumbre sobre futuros rendimientos aumente.

Además, la volatilidad no solo afecta al valor de los activos, sino también al comportamiento de los inversores.  Las fuertes oscilaciones de las carteras pueden generar nerviosismo en los inversores y hacer que se tomen decisiones impulsivas como vender en momentos de grandes caídas. Por este motivo, es importante que el nivel de volatilidad de una cartera sea adecuado para cada inversor teniendo en cuenta su perfil de riesgo y horizonte temporal.

Una de las herramientas más eficaces para reducir el impacto de la volatilidad es la diversificación. Al combinar activos con comportamientos diferentes y baja correlación entre sí, es posible suavizar las fluctuaciones de la cartera y disminuir la probabilidad de que una caída significativa en un activo afecte de forma importante al conjunto de la inversión.

En conclusión, la volatilidad es un elemento fundamental en la gestión de las inversiones, ya que condiciona tanto la incertidumbre asociada a los activos como la capacidad del inversor para mantener su estrategia a lo largo del tiempo.

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