Diferencias entre el riesgo sistemático y no sistemático
En el artículo "Relación rentabilidad–riesgo: CAPM y otros modelos académicos", Elena Gastaca analiza cómo la rentabilidad esperada de los activos financieros viene determinada por su exposición a distintas fuentes de riesgo, y presenta el CAPM (Capital Asset Pricing Model) como el marco de referencia que vincula de forma explícita el riesgo sistemático con la rentabilidad exigida.
Comprender esa relación exige, sin embargo, un paso previo: distinguir con precisión qué parte del riesgo total de un activo es relevante desde el punto de vista de la valoración y cuál puede eliminarse sin coste a través de la diversificación. Es precisamente esa distinción -entre riesgo sistemático y riesgo no sistemático- la que determina qué riesgos merecen ser remunerados y cuáles no, y la que subyace a las decisiones de construcción de carteras que Jaione Antoñana desarrolla en "Modelos de asignación estratégica y táctica".
El presente artículo se sitúa, por tanto, en ese punto intermedio, parte del marco teórico establecido por el CAPM para profundizar en la naturaleza del riesgo y en las implicaciones que su correcta comprensión tiene sobre el proceso de inversión.
Descomposición del riesgo total
El riesgo total de un activo, medido habitualmente por la desviación estándar o varianza de sus rendimientos, puede dividirse en dos componentes: riesgo sistemático y riesgo no sistemático. Esta descomposición permite entender cómo se comporta el riesgo dentro de una cartera diversificada y por qué algunos riesgos desaparecen al combinar activos.
El riesgo no sistemático -también denominado riesgo específico, único o diversificable- está asociado a factores propios de una empresa o sector concreto: decisiones de gestión, fallos operativos, cambios en la demanda o eventos idiosincráticos. Por el contrario, el riesgo sistemático -también conocido como riesgo de mercado o no diversificable- está vinculado a factores macroeconómicos que afectan a todos los activos simultáneamente, como los tipos de interés, la inflación o el crecimiento económico global. Matemáticamente, la relación se expresa de forma sencilla:
El papel de la diversificación
Uno de los resultados empíricos más sólidos de la teoría de carteras es que la diversificación reduce de forma significativa el riesgo no sistemático. A medida que se incrementa el número de activos en una cartera, el impacto de los factores específicos de cada empresa se diluye, hasta el punto de que sus efectos individuales se compensan entre sí.
La evidencia académica señala que con un número relativamente reducido de valores es posible eliminar la mayor parte del riesgo no sistemático. Van Horne (1989, p. 67) apuntaba que entre 15 y 20 títulos seleccionados aleatoriamente son suficientes, conclusión a la que también llega Fama (1976, p. 253), quien observa que por encima de 20 valores la reducción adicional del riesgo se vuelve marginal. Sin embargo, incrementar el número de valores más allá de ese umbral no solo deja de aportar beneficios significativos en términos de reducción del riesgo, sino que puede derivar en una sobre-diversificación. Una cartera excesivamente amplia dificulta su seguimiento y gestión, incrementa los costes de transacción y puede diluir la convicción inversora, reduciendo la capacidad de generar rentabilidad diferencial. Esto implica que no es necesario replicar la totalidad del mercado para diversificar adecuadamente: un número moderado de activos es suficiente para aproximarse al perfil de riesgo de una cartera de mercado.
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Utilizando un ejemplo ilustrativo, si un inversor mantiene únicamente acciones de una empresa biotecnológica en fase de desarrollo clínico, su cartera estará expuesta a una elevada incertidumbre derivada de factores propios de esa compañía (aprobación regulatoria, resultados clínicos, competencia directa); este componente corresponde al riesgo no sistemático. Sin embargo, si ese mismo inversor combina cincuenta o cien empresas del sector, la incertidumbre sobre el rendimiento conjunto de la cartera se reduce drásticamente, aunque la exposición a los movimientos generales del mercado permanece intacta (riesgo sistemático). Conviene matizar, no obstante, que no toda diversificación es igualmente eficaz: combinar empresas del mismo sector ofrece una reducción del riesgo limitada, pues sus rentabilidades tienden a moverse de forma conjunta. Es al incorporar valores de sectores diferentes -con correlaciones más bajas entre sí- cuando la diversificación permite aproximarse verdaderamente al perfil de riesgo de una cartera de mercado (Markowitz, 1952; Gómez-Bezares, 2016, p. 102).
Por qué el riesgo no sistemático no se remunera
Una de las conclusiones más relevantes de la teoría financiera moderna es que el riesgo no sistemático no se remunera en equilibrio. La lógica subyacente es directa: si un riesgo puede eliminarse prácticamente sin coste mediante diversificación, los inversores racionales no exigirán una prima por asumirlo. El mercado, como mecanismo de agregación de decisiones, no recompensa a quienes asumen riesgos que podrían haber evitado fácilmente.
En consecuencia, un inversor que concentra su cartera en pocos activos y asume riesgos específicos evitables no debería esperar mayor rentabilidad por ello. Desde el punto de vista teórico, esta conducta es ineficiente: implica soportar volatilidad adicional que el mercado no remunera.
Beta: la medida del riesgo sistemático
A diferencia del riesgo específico, el riesgo sistemático no puede eliminarse: incluso una cartera perfectamente diversificada seguirá expuesta a los movimientos del mercado. A medida que se incorporan activos, la componente diversificable desaparece y la cartera queda expuesta únicamente a este riesgo de mercado, cuya beta agregada es la combinación lineal ponderada de las betas de los títulos que la componen. Por ello, el rendimiento esperado de un activo depende exclusivamente de su contribución a ese riesgo irreductible.
Como Elena Gastaca desarrolla en su artículo, el CAPM (Sharpe, 1964; Lintner, 1965) formaliza este principio a través de la beta (β): la métrica que mide la sensibilidad del rendimiento de un activo respecto a los movimientos del mercado en su conjunto. Una beta superior a 1 indica que el activo tiende a amplificar dichos movimientos; una beta inferior a 1 señala menor sensibilidad; y una beta de 0 implicaría ausencia de correlación con el mercado.
Una implicación importante de este marco es que un activo con alta volatilidad total no necesariamente ofrece mayor rentabilidad esperada. Si esa volatilidad proviene principalmente de factores específicos, no será compensada por el mercado. Volviendo al ejemplo de la empresa biotecnológica, su alto riesgo total puede estar dominado por riesgo no sistemático, lo que significa que su beta -y por tanto su rentabilidad esperada- puede ser relativamente reducida.
Implicaciones para la construcción de carteras
Este marco teórico tiene consecuencias directas sobre el proceso de inversión. En primer lugar, fundamenta la diversificación no como un simple criterio de prudencia, sino como una estrategia racional orientada a eliminar el riesgo que el mercado no remunera.
En segundo lugar, proporciona la base conceptual sobre la que se apoyan las decisiones de asignación de activos. Como desarrolla Jaione Antoñana, la asignación estratégica de una cartera define su exposición estructural a los factores de riesgo sistemático -aquellos que determinan la beta agregada de la cartera y explican la mayor parte de su rentabilidad y volatilidad a largo plazo-. Comprender qué parte del riesgo es diversificable y cuál no lo es resulta, por tanto, imprescindible para estructurar correctamente esa exposición.
Por último, este enfoque permite explicar por qué la selección activa de valores individuales no siempre genera rentabilidades superiores: en muchos casos, introduce riesgo no sistemático que no está remunerado, incrementando la volatilidad de la cartera sin mejorar su rentabilidad esperada ajustada al riesgo.
Conclusión
La distinción entre riesgo sistemático y no sistemático constituye uno de los pilares de la teoría financiera moderna. El riesgo sistemático, medido a través de la beta, es el único que el mercado remunera en equilibrio, precisamente porque no puede eliminarse mediante diversificación. El riesgo no sistemático, por el contrario, puede diversificarse con relativa facilidad y no genera rentabilidad adicional esperada.
Comprender esta distinción permite construir carteras más eficientes y tomar decisiones de inversión más fundamentadas. No se trata de asumir más riesgo, sino seleccionar cuidadosamente qué riesgos merece la pena asumir: aquel que el mercado reconoce y remunera.
Referencias
Antoñana, J. (2026). Modelos de asignación estratégica y táctica. Fineco, 11/02/2026.
Fama, E.F. (1976). Foundations of Finance. Basic Books, p. 253.
Gastaca, E. (2026). Relación rentabilidad–riesgo: CAPM y otros modelos académicos. Fineco, 28/01/2026.
Gómez-Bezares, F. (2014). Dirección Financiera: Teoría y Aplicaciones (5ª ed.). pp. 167-169.
Gómez-Bezares, F. (2016). Gestión de Carteras: Eficiencia, Teoría de Cartera, CAPM, APT (4ª ed.). pp. 102-104.
Lintner, J. (1965). The valuation of risk assets and the selection of risky investments in stock portfolios and capital budgets. Review of Economics and Statistics, Febrero, pp. 12-37.
Markowitz, H. (1952). Portfolio Selection. Journal of Finance, 7(1), pp. 77-91.
Schweser, K. (2026). SchweserNotes CFA Level 1, Book 4: Portfolio Risk and Return, Reading 84.
Sharpe, W.F. (1964). Capital asset prices: A theory of market equilibrium under conditions of risk. Journal of Finance, Septiembre, pp. 425-442.
Van Horne, J.C. (1989). Financial Management and Policy (8ª ed.). Prentice-Hall, p. 67.
