Modelos de asignación estratégica y táctica

En el ámbito de la gestión de carteras, la teoría financiera ha proporcionado un marco sólido para entender la relación entre riesgo y rentabilidad. En el artículo “Relación rentabilidad–riesgo: CAPM y otros modelos académicos”, Elena Gastaca analiza cómo la rentabilidad esperada de los activos financieros viene determinada por su exposición a distintas fuentes de riesgo.

Este marco resulta imprescindible para comprender cómo el riesgo asumido condiciona el rendimiento de los activos y de las carteras. Sin embargo, no es suficiente por sí mismo para resolver el problema central al que se enfrenta el inversor: cómo traducir ese conocimiento teórico en decisiones concretas que sean coherentes en el tiempo y estén alineadas con sus objetivos, su perfil de riesgo, su horizonte temporal y sus restricciones específicas.

Es en este punto donde la asignación estratégica y la asignación táctica de activos adquieren un papel central. A través de ellas se estructura el proceso de construcción de carteras, combinando una visión de largo plazo con la capacidad de adaptación necesaria para gestionar el patrimonio de forma consistente a lo largo de distintos entornos de mercado.

Asignación estratégica de activos: definir la ruta para alcanzar la cima

La asignación estratégica de activos (Strategic Asset Allocation, SAA) puede entenderse como la decisión que define la estructura de largo plazo del proceso de inversión. Desde un punto de vista académico, responde a un problema de optimización: cómo distribuir el patrimonio entre distintas clases de activos de forma coherente con los objetivos de rentabilidad, el horizonte temporal y las restricciones de riesgo del inversor.

Esta asignación se construye a partir de tres elementos fundamentales:

  • estimaciones de rentabilidad esperada a largo plazo,
  • volatilidades y correlaciones estructurales entre las distintas clases de activos,
  • y un marco explícito de objetivos y restricciones, que recoge tanto la tolerancia al riesgo como las necesidades específicas del inversor.

En términos prácticos de gestión de carteras, la SAA fija las exposiciones estructurales a mercado y a factores de riesgo (renta variable, renta fija, crédito, duración, estilos o primas de riesgo) que determinan la beta agregada de la cartera, entendida como su sensibilidad al comportamiento de los mercados financieros a los que se expone con el fin de alcanzar sus objetivos de inversión. Estas exposiciones explican la mayor parte de la rentabilidad y de la volatilidad observadas a largo plazo.

De la asignación estratégica se deriva el benchmark de la cartera, que representa su estructura de riesgo objetivo y constituye la referencia frente a la que se evalúa tanto el comportamiento agregado como el valor añadido de las decisiones tácticas y de la gestión activa. El benchmark no es un elemento externo, sino la expresión cuantitativa de las decisiones estratégicas adoptadas.

Entre las principales características de la asignación estratégica destacan unas ponderaciones relativamente estables, una diversificación amplia entre clases de activos y un proceso disciplinado de rebalanceo periódico hacia los pesos objetivo. Su función no es anticipar el comportamiento del mercado, sino mantener una estructura de riesgo coherente y sostenible en el tiempo, que sirva de referencia para el resto de decisiones de inversión.

A modo de ejemplo, un inversor con una aversión al riesgo media, que acepta una volatilidad máxima del 8% y necesita una rentabilidad esperada cercana al 4%, podría contar con una asignación estratégica del 40% en renta variable global, 20% en crédito corporativo y 40% en deuda soberana. Esta estructura define su exposición a los principales factores de riesgo, el perfil de beta agregada de la cartera y el benchmark estratégico frente al que se evaluará el desempeño.

En este sentido, la asignación estratégica equivale a definir la ruta principal del proceso de inversión. Son decisiones que se toman antes de iniciar el recorrido y que condicionan de forma decisiva la viabilidad del objetivo. Modificarlas de forma recurrente no implica adaptarse al entorno, sino perder la referencia necesaria para evaluar correctamente el riesgo asumido y los resultados obtenidos.

Asignación táctica de activos: adaptarse al entorno durante el ascenso

La asignación táctica de activos (Tactical Asset Allocation, TAA) parte del reconocimiento de que las condiciones bajo las que se define la asignación estratégica no son estáticas. Las primas de riesgo, la volatilidad y las correlaciones entre activos varían a lo largo del ciclo económico y financiero, generando periodos en los que determinadas exposiciones pueden resultar más o menos atractivas desde un punto de vista del binomio riesgo–rentabilidad.

Desde la teoría financiera, la TAA responde a un problema distinto del estratégico: cómo introducir ajustes temporales en la cartera cuando cambian las condiciones del entorno, sin alterar la estructura de largo plazo definida por la asignación estratégica. Estos ajustes se implementan en horizontes de corto a medio plazo y se realizan, habitualmente, a nivel de clases o subclases de activos.

El objetivo de la asignación táctica no es sustituir a la estrategia, sino actuar sobre ella. En la práctica, esto se traduce en sobreponderar o infraponderar determinadas exposiciones respecto al benchmark estratégico, dentro de unos rangos previamente definidos, con el fin de mejorar el perfil riesgo–rentabilidad de la cartera o gestionar de forma más eficiente el riesgo en determinados entornos.

La asignación táctica debe entenderse, por tanto, como una desviación controlada respecto a la referencia estratégica. Su efectividad depende de la existencia de límites claros, de una adecuada medición del riesgo activo asumido y de un marco de evaluación coherente con su naturaleza temporal.

Siguiendo el ejemplo anterior, una decisión táctica podría consistir en reducir temporalmente la exposición a renta variable al 35% y aumentar la deuda soberana al 45% ante un entorno de mayor incertidumbre. Estos ajustes no modifican la estrategia de largo plazo, sino que adaptan la cartera a las condiciones del mercado.

De esta forma, la asignación táctica equivale a adaptar el avance a las condiciones del entorno sin perder la referencia de la ruta previamente definida. Su valor no reside en anticipar cada giro del mercado, sino en ajustar la exposición cuando el contexto lo justifica, preservando la coherencia del proceso de inversión.

Evaluación de resultados: medir el avance

Cada nivel de decisión dentro del proceso de inversión requiere criterios de evaluación coherentes con su naturaleza. Cada nivel de decisión requiere criterios de evaluación coherentes con su naturaleza. Como se desarrolló en el artículo “Cómo se mide la rentabilidad”, la rentabilidad absoluta, por sí sola, no permite valorar adecuadamente la calidad del proceso ni distinguir entre el impacto de las distintas decisiones adoptadas.

  • La asignación estratégica se evalúa en términos de rentabilidad y riesgo agregados, mediante métricas coherentes con el objetivo global de la cartera, como el ratio de Sharpe.

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Asset Type: ImagenesFI
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  • La asignación táctica se analiza por su aportación incremental respecto a la estrategia, teniendo en cuenta el riesgo activo asumido, a través de métricas como el ratio de información.

Este enfoque permite evaluar cada decisión en función de su contribución real al objetivo final, evitando interpretaciones erróneas derivadas de la mezcla de horizontes o niveles de decisión. Métricas que no determinan ni el destino ni la ruta elegida, pero permiten comprobar si el avance se está realizando en la dirección correcta y con el esfuerzo previsto.

Estrategia y táctica: avanzar sin perder la referencia

No todas las decisiones de inversión tienen el mismo impacto sobre el resultado final de una cartera. La gestión eficaz del patrimonio no responde a la búsqueda de un punto óptimo estático, sino a un proceso dinámico, en el que la capacidad de adaptación al entorno solo genera valor cuando se apoya en una estructura de riesgo bien definida. Perder esa referencia es, a largo plazo, uno de los principales riesgos del proceso inversor.

En la construcción de carteras, la excelencia no se alcanza a través de decisiones aisladas, sino mediante un proceso estructurado, disciplinado y coherente en el tiempo, en el que las decisiones se toman y se evalúan dentro de un marco común orientado a objetivos.

Como en una ascensión, el éxito no depende de un solo paso bien dado, sino de haber elegido correctamente la ruta, dosificar el esfuerzo y adaptarse a las condiciones del entorno sin perder de vista la cima. En inversión, avanzar hacia los objetivos requiere disciplina en la ejecución y la capacidad de adaptarse al entorno sin desviarse del rumbo marcado.

Referencias

Harry Markowitz (1952). Portfolio Selection. Journal of Finance, 7(1), 77–91.

James Tobin (1958). Liquidity Preference as Behavior Toward Risk. Review of Economic Studies, 25(2), 65–86.

William F. Sharpe (1964). Capital Asset Prices: A Theory of Market Equilibrium under Conditions of Risk. Journal of Finance, 19(3), 425–442.

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Brinson Hood Beebower (1986). Determinants of Portfolio Performance. Financial Analysts Journal, 42(4), 39–44.

Andrew Ang (2014). In Pursuit of the Perfect Portfolio. Oxford University Press.

Hurrengo albisteakDaniel Irezabal y Miguel Roqueiro, nominados en los IV FundsPeople Awards