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Después de un período de turbulencias a finales de febrero y comienzos de marzo, parece que las bolsas se han contagiado del buen ánimo estas últimas semanas con motivo de la llegada de las vacaciones de Semana Santa. Haciendo justicia a la idea extendida de que “no hay mal tiempo en vacaciones” (aunque ojalá que brille el sol allá donde estemos estos días), parece que los flojos datos macroeconómicos no hacen daño a unos mercados que vuelven a estar en niveles de máximos de febrero.
Está demostrado que la inversión en bolsa a largo plazo proporciona buena rentabilidad. Sin embargo, a corto plazo puede dar sustos como los que se han visto en esas semanas en las que el miedo recorría el parqué. Es por eso que quizá conviene pararse un momento y replantearse si las inversiones que tenemos en bolsa se corresponden con los riesgos que estamos dispuestos a correr.
La clave para invertir correctamente está en determinar cuánto riesgo estamos dispuestos a asumir en un determinado plazo, ya que el perfil de riesgo de cada uno es la restricción más importante a la hora de realizar cualquier inversión. Inversores con poca sensibilidad al riesgo exigirán mayor rentabilidad a su dinero ya que estarán dispuestos a asumir mayores pérdidas en caso de que su inversión no sea acertada, y viceversa. Es importante no definir el perfil de inversión en base a variables como “invertir en función de la rentabilidad pasada”. Como se ha visto a lo largo de muchos años, muchos movimientos de los ahorros a la renta variable son posteriores a la evolución del mercado ya que el inversor medio tiende a entrar tarde en el mercado animado por la rentabilidad que han obtenido sus vecinos. Pongamos un ejemplo. A finales de los años noventa, cuando la bolsa llevaba un ciclo alcista de varios años, muchos inversores comenzaron a traspasar sus inversiones de renta fija a renta variable, en vista de los excelentes resultados de la bolsa en los años pasados. Estos mismos inversores vieron cómo sus ahorros se redujeron considerablemente tras el pinchazo de la burbuja tecnológica, y volvieron a productos de renta fija. Muchos habrán tardado años en recobrar el dinero perdido, y algunos quizá nunca lo recuperen. No hay que olvidar que la aversión al riesgo no debe cambiar con el momento positivo o negativo de la bolsa. Las expectativas de rentabilidad no deben influir en el riesgo que asume, ya que decidir invertir por lo que se ha ganado hasta ahora puede llevar a perder mucho dinero.
Dado que es difícil cuantificar el grado de conservadurismo o agresividad a la hora de invertir que va acorde con nuestra personalidad y momento de inversión, existen dos conceptos que nos pueden ayudar. El primero está relacionado con algo que ya hemos mencionado, “cuánto estamos dispuestos a perder”. Obviamente nadie invierte para perder dinero, pero es importante darse cuenta de que nadie debería tener una cartera en la que puede obtener una pérdida que le lleve a tomar decisiones irracionales, tales como vender cuando sus pérdidas son máximas. Son éstas decisiones, las irracionales, las que provocan fuertes caídas en los mercados y las que favorecen la aparición del miedo. El segundo concepto hace referencia al “período máximo de recuperación”, es decir, el tiempo en que se tarda en recuperar las pérdidas obtenidas. Para que resulte más gráfico, imagine que tiene ahorrados doce mil euros para comprarse un coche dentro de tres meses. Lo más razonable sería invertir en algún producto en el que el riesgo sea mínimo, no sea que mermen los doce mil euros y no pueda comprarse el coche. Es importante prever necesidades futuras de liquidez.
Una vez que tenemos claros estos dos conceptos, tendremos que ver qué activos pueden maximizar nuestra rentabilidad cumpliendo con dichas restricciones. Si bien es verdad que desconocemos la rentabilidad futura de los diferentes activos, podemos basarnos en las rentabilidades pasadas para hacer una estimación de las expectativas de rentabilidad. Esto no es incoherente con todo lo que hemos dicho hasta ahora, ya que no nos fijamos en un momento puntual sino en el comportamiento de los activos en un período suficientemente amplio. Lo que hacemos es analizar la variabilidad de las rentabilidades, no sus tendencias. Aquí vemos que la Renta Variable tiene mayores oscilaciones anuales, mientras que la Renta Fija a largo plazo es mucho más estable.
Con el desarrollo de los mercados, se han incrementado las posibilidades de inversión y aparecen otro tipo de activos además de los tradicionales mercados de renta fija y renta variable. Productos estructurados, “la inversión alternativa” (hedge funds), mercados de commodities o materias primas… no podemos decir que no hay dónde invertir! Sólo tenemos que conocer nuestra propia naturaleza inversora (cuánto riesgo queremos asumir) y ser coherentes con ella.
Fortaleza
Hace pocas semanas, comentábamos aquí que el mercado parecía estar pendiente de cada dato macroeconómico con el fin de ver si los augurios recesionistas de Greenspan se confirmaban o si por el contrario, no había por qué preocuparse. Incluso la Reserva Federal apuntaba en la misma dirección de cautela. Pues bien, lo que hace semanas hubiera sido un descalabro, la publicación de malos datos en EEUU no ha evitado una fuerte subida de los principales mercados, apoyados por un alto volumen de contratación. Las operaciones corporativas, junto con una buena situación macroeconómica en Europa, siguen empujando a las bolsas hacia sus máximos históricos. Esta semana hemos visto multitud de anuncios y rumores de fusiones y adquisiciones. E.On, Acciona y Enel en Endesa, Telefónica y France Telecom en Telecom Italia, ACS y la alemana Hochtief, Sacyr y Eiffage, Carrefour y un fondo de capital riesgo…muchos valores comienzan a incorporar en el precio una prima por una potencial operación de compra. Mientras que en algunos casos está más que justificado, habrá que tener cautela ya que no sería de extrañar que no sea oro todo lo que reluce.
Jon Recacoechea
Grupo Fineco
